Primer acto. Firenze, Italia. Dos de la madrugada. Es de noche, pero el Palazzo Vecchio y la Loggia dei Lanzi están iluminados. La Piazza della Signoria está desierta, apenas sopla un viento fresco, que contrasta con el calor engorroso de la tarde. Dos personas caminan hasta el aparcamiento de bicicletas. Una mujer alta, de falda y camisa azules. Un joven indeciso, de mezclilla y camisa verde a cuadros. Sus pisadas levantan un eco que el silencio enseguida engulle.Ella: Mi casa no queda lejos. Diez, quince minutos.
Él: ¿Vas a poder manejar?
Ella: Sí, soy fuerte. Siéntate aquí. No, mejor de lado. Así está bien. ¿No vas incomódo?
Él: Sí, voy incómodo, pero lo puedo soportar por diez, quince minutos.
Ella: Entonces vamos.
Él: ¿Segura que puedes con los dos?
Ella: Sí, se siente raro, pero sí puedo. Dime si te cansas y quieres que me detenga.
Él: Yo te aviso.
Ella: Creo que tienes tu mano sobre los cables del freno.
Él: Sí, es verdad, perdón.
Ella: Ya, está mejor. Por cierto, qué bueno es andar de noche, no hay nada de tráfico.
Él: Lo sé. Me gustaría que en México fuera así, que pudiera agarrar mi bicicleta y llegar a cualquier lado en unos minutos.
Ella: Pega tu cara a la mía. Se siente muy bien.
Segundo acto. Interior de un elevador pequeñísimo.Él: ¿Qué me ves?
Ella: Nada, me gusta mirar. Me encanta tu sonrisa.
Él: Gracias, Bach. ¿Bach como el músico?
Ella: Sí, como el músico, pero no es la misma familia. Mañana, por cierto, voy ir a ver a mis padres, a Munich.
Él: Me gusta Munich.
Ella: Pues acompáñame.
Él: No puedo, voy a Assisi. ¿Por qué me sigues viendo?
Ella: Porque me encanta tu sonrisa.
Tercer acto. Interior de un baño, en la regadera.Él: No planeaba terminar aquí, así.
Ella: Lo sé. Las cosas pasan.
Él: Es la segunda vez que me baño con una mujer.
Ella: Es algo muy agradable, ¿no? Algo muy íntimo, como de novios.
Cuarto acto. Cocina.Ella: ¿Agua?
Él: Un poco.
Ella: ¿Así?
Él: Así está bien.
No le agrada el agua con gas, pero no dice nada, sólo bebe despacio. En una silla está colgada una toalla y un bikini: la toalla y el bikini que ella usó ayer para ir a la piscina. Se le encrespa la piel, y ella, como leyendo sus pensamientos, lo abraza desde la espalda.Él: ¿Qué hora es?
Ella: Casi las cuatro.
Él: Vámonos. Es muy tarde.
Quinto acto. Calle desconocida. Una bicicleta solitaria rueda por el pavimento. En el fondo se vislumbra la cúpula de la catedral. Más arriba, se yergue la luna.Él: Luna llena.
Ella: Sí, es cierto. ¿Vas a comenzar a transformarte?
Él: Sí.
Pero piensa que no, que él ya se ha transformado.Sexto acto. Vagón de tren. Doce del día. Él lee un libro sin prestarle demasiada atención. En su mente sólo está ella. Hojea las páginas hasta que se agotan; entonces cierra el libro y lo coloca en el asiento de al lado. No le gustó el final.Él: Odio a este autor. No comprendo su éxito. Todo lo que dice es mentira, ni el sexo es el punto culminante del amor ni el amor está compuesto de pequeños dolores. Todo es mentira.
El tren se ha detenido. Él desciende sin volver la vista atrás, dejando olvidada la novela y esperando de todo corazón que nadie la encuentre. Que se pierda pronto, que su historia no vuelva a ser exhumada.Él: Todo es mentira. Por fortuna, todo es mentira.
Y, como contradiciéndose, sigue pensando en ella, en cuándo la volverá a ver.