"La palabra, una vez escrita, vuela y no torna" - Quinto Horacio Flaco

viernes, 15 de octubre de 2010

Celebremos nuestra mortalidad

A free man thinks of death least of all things, and his wisdom is not a meditation upon death but upon life.
Spinoza, Ethics
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What awaits men at death they do not expect or even imagine. Death is all the things we see awake; all we see asleep is sleep."
Heraclitus, fragments 84 & 89 (Charles Kahn)
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La muerte es sólo la suerte con un letra cambiada.
J. Sabina, "Embustera"
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The longing not to die, the hunger for personal immortality, the effort by which we strive to persevere in our own being, this is the emotional basis for all knowledge and the intimate point of departure for all human philosophy.
Unamuno, The tragic sense of life
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La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro d eun sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y azaroso. Entre los Imortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otro que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales.
Borges, "El inmortal"
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Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.
Job 13:15
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¿Pero es que no viene a ser una purificación eso [la muerte], lo que desde antiguo se dice en la sentencia 'el separar al máximo el alma del cuerpo' y el acostumbrarse ella a recogerse y concentrarse en sí misma fuera del cuerpo, y a habitar en lo posible, tanto en el tiempo presente como en el futuro, sola en sí misma, liberada del cuerpo como de unas cadenas?
Platón, Fedón 67 c-d

jueves, 23 de septiembre de 2010

Todo es una obscenidad

Todo es una obscenidad: el gris mortuorio de las nubes, el rumor metálico del viento, el bostezo soñoliento de cada mañana, el disco intensamente verde de los semáforos, las flores de hospital, el rubor ficticio de las secretarias, el tono impersonal de los noticieros, el llanto que se derrama a carcajadas, las manecillas inexorables del reloj, las batas blancas de los doctores, los botones desabotonados de las camisas, el olor a tinta de los libros, las frutas artificiales de los fruteros, la luz quemante del sol, el rezo intermitente de la lluvia, las ojeras del día después, el “hasta luego”, el “buenos días”, el calor de un calentador eléctrico enchufado a la pared, el grito suplicante del teléfono, el movimiento desganado del coche, las promesas como juguetes de cuerda, el pasado que te desafía desde una foto, los personajes que se emancipan de sus papeles, el bolígrafo que atiende a un dictado, la cuadrícula perfecta de los blocs, el beso angustioso de los amantes, los chocolates que se exhiben en cajas de cartón, la espera silenciosa de las bancas de parque, las manos que se unen y se separan, el terror de alguna película de terror, el final de la madrugada, el aroma dulzón de un cuello, las sombras espesas que extienden los edificios, la monotonía matemática del mar, el ondear de las banderas, los abrazos fugitivos, las caricias que se reparten, los “te amo” que se pronuncian que se escriben que se refutan que se recuerdan, el fatigoso vaivén de la noche, la suficiencia de los abogados, la sangre en un tubo, las cosas inefables, la atmósfera hogareña de los Sanborns, el humor del taxista, las pisadas inciertas de los niños, la nitidez de los espejos, el ambiente íntimo y fugaz de los ascensores, la poesía de los odontólogos, tu propia voz entre las otras, Platón en nueve tomos, la exactitud de la quiromancia, los rescoldos de la amistad, la calavera tatuada en un hombro, la música, los cumpleaños… Todo es una obscenidad.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

México

Yo sí creo que México es un gran país. El mejor.

martes, 10 de agosto de 2010

Once odiosos mexicanismos

Yo soy de los que están de acuerdo con Alfonso Reyes: la semilla del lenguaje está en el pueblo y es entre lavaderos y banquetas que germina la verdadera gramática y la semántica adquiere su valor real. Aplaudo para mis adentros el modo tan imaginativo y arriesgado en que los mexicanos usan los diminutivos, la aliteración y la sinécdoque para expresar sus ideas. Para nosotros, los objetos y las palabras adquieren nuevos significados cada día. Aquí estamos acostumbrados a quebrantar todas las leyes, incluso las de la lingüística y la fonética. Esto nos convierte en un pueblo vivo, que se nutre de la realidad, que la amolda, que se las ingenia para hacer del castellano su más leal compadre, el único que entiende nuestros estados de ánimos, nuestras costumbres y nuestras manías. Algunos atrevimientos, sin embargo, me parecen irrespetuosos. A pesar de su flexibilidad, el idioma posee sus propios límites, que no deberían rebasarse ni expandirse más de la cuenta. Tal es el caso de los siguientes ejemplos, todos muy censurables:

1. “Y que agarro y le digo…”

2. “Claro que sí, manito.”

4. “Ayer venimos y no estabas.” Venimos es la forma presente del verbo venir. En pretérito, la enunciación correcta es vinimos.

5. “¡No trasgiverses mis palabras!” La ortografía adecuada es tergiverses.

6. “Huuuy.” No hay nada incorrecto en esta interjección, pero en lo personal me parece un sonido muy molesto y de interpretación con frecuencia ambigua.

7. “Se mueve rico la bailarina.” A pesar de que rico puede significar sabroso o agradable, es un adjetivo que pertenece a otro contexto. Su utilización en este ejemplo resulta forzada y poco convincente.

8. “¡Es una mamada!” Nunca he entendido del todo la acepción vulgar de esta palabra. Mamar (“chupar”) es un término que se trasladó por analogía a los borrachos. Un mamado en algunos países es un ebrio. Supongo que de aquí proviene su significado coloquial: una mamada es algo que carece de sentido, que está fuera de toda razón y conveniencia: un disparate. Algo de borrachos. Existe, empero, otra acepción: la de mamado como hombre musculoso. Supongo que aquí su origen posee dos explicaciones. Por una parte, mamado (o chupado) puede aplicarse a alguien que ha absorbido todas sus fuerzas físicas. Alguien que se ejercita demasiado. Por el otro lado, mamado podría ser alguien que ha mamado mucho, que está bien comido, que se nutre. De cualquier forma, mamar me sigue pareciendo uno de los vocablos más enigmáticos que emplea el mexicano, junto con el verbo chingar y jalar, cuyas acepciones son prácticamente infinitas.

9. “A Pedro le encanta el borchinche.” La palabra es bochinche.

10. “La fiesta será al interperie.” La escritura correcta es intemperie. Viene del latín tempus. Se trata de un sustantivo femenino y por tanto debe ir precedido por el artículo la. La locución adverbial quedaría de este modo: a la intemperie.

11. “Acapulco ya está cercas.” El seseo final es inquietante.

lunes, 26 de julio de 2010

¡Sshh!

Primer secreto: la noche mexicana

¿Sabías que dos arrugas se forman en tu entrecejo cuando duermes? Ayer lo advertí, mientras tú soñabas y yo desgranaba en silencio las lentas horas del insomnio. Dos arruguitas en medio de tus cejas. Me entraron unas ganas terribles de borrarlas con un beso, pero me dio miedo despertarte. ¿Por qué frunces la cara? ¿Será una preocupación como pinza la que te arruga la piel? ¿Será un pensamiento atorado en tu frente? El resto de la noche me dediqué a contemplar tu rostro, que incluso en la inconciencia parece firme: los ojos que se callan detrás de los párpados, la nariz que consume y produce como la Caribdis de Homero, la boca que no ve, cegada por las tinieblas, el cabello revuelto, las mejillas. Se me ocurrió entonces que los dos éramos irreductibles y vencedores, víctimas y asesinos a la vez. Pensé que la ciudad que se removía afuera nos estaba sitiando y que al amanecer, cuando bajáramos del colchón, nos rendiría. En aquel momento deseé que el sol no sucediera a la luna, para que no tuviésemos que levantarnos, para no despegarme de esa escena como espejismo, para ser siempre vigilante de aquellos secretos que se confiesan en tu cara cuando crecen las sombras, a ti te da por dormir y a mí me da por abrazarte.


Segundo secreto: la dialéctica de un taxista

--¿Ya a descansar?
--¿Perdón?
--¿Ya va a descansar?
--Sí. Por fin.
--¿Y él a chambear?
--Sí.
--Ah, así es la chingada vida.


Tercer secreto: el agua

Las lluvias de estos días me traen a la mente un cuento de Felisberto Hernández: "La casa inundada". ¿No es verdad que el agua, con su color, con sus ruidos, trata siempre de comunicarnos algo? Clic clic clic. Las gotas chocan contra la ventana y parecen murmullos. Clic clic clic. Tartajean una plegaria tristísima. Nunca, sin embargo, acierto a adivinar las palabras detrás de esos gorjeos. No toda el agua es igual. La de los océanos es inquieta y abrasiva. El agua dulce de los estanques y de las fuentes, en cambio, es tímida y delicada: se estremece apenas siente nuestras caricias sobre su lomo. Clic clic clic. La lluvia trata insistentemente de contarme sus secretos. Clic clic clic. Se confiesa y yo no le entiendo. Clic clic clic. Ella persiste, frenética. Clic. Me va a enloquecer.

martes, 13 de julio de 2010

La espuma de una tristeza crepuscular

Dos personas están sentadas a la mesa de una cocina angosta. Afuera, se agota la tarde. Una nube pesada y gris parte en cientos de rayos la última luz del sol. Los rayos se precipitan al suelo tiñendo de rojo los quicios, las banquetas y los postes de la ciudad. Un foco de veinticinco voltios ilumina la cocina. Sobre la estufa, las verduras se cuecen dentro de su olla y emiten un siseo apagado. Las personas no se hablan; sólo se miran y sonríen mientras esperan la noche, la cena, el amor.

martes, 6 de julio de 2010

¿Qué le pedirías a la persona amada?

Pues que no intente acompañarme a las fiestas, pero que se quede en casa para que le cuente los chismes. Que no me interrumpa cuando escribo, que lea los mismos libros que yo, que tenga conocimientos de Medicina, leyes, fontanería, electricidad... En definitiva, que me adore.
Ah, que no me agobie. Y que acepte que soy un inútil.

La ley del deseo, Pedro Almodóvar